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INTERNACIONAL

19 de octubre de 2026

Francia: del Mayo del 68 a la épica del caos

Vuelve el temor a un nuevo Mayo francés. Y el temor es fundado. Solo que esta vez el escenario puede ser bastante peor, ya es bastante peor

Francia: del Mayo del 68 a la épica del caos

Fuente: Netfan Servicios

Aquel Mayo del 68 fue el retorno de la agitación callejera, pero también estuvo envuelto en cierto romanticismo y en la recuperación de una épica política. Los estudiantes salían a las calles a conquistar espacios de poder -antes de que se inventara esa estúpida palabra, "empoderarse"- y el objetivo era desafiar a Charles de Gaulle, su concepción autoritaria del poder y el conservadurismo de una Francia que parecía resistirse al cambio. A ello se sumaba el repudio a la guerra de Vietnam, que inscribía aquella rebelión en una causa de alcance universal. Las fotos de la época -sin quererlo- eran a favor de los manifestantes.

Visto con cierta perspectiva, aquel movimiento tenía, incluso, algunos puntos de interés. Los estudiantes marchaban junto a los obreros y contaban con el respaldo de una constelación de intelectuales prestigiosos que aportaban ideas, legitimidad y una poderosa capacidad de agitación. Recordar a Jean Paul Sartre es imperioso.

Hoy el fenómeno es parecido y, al mismo tiempo, profundamente distinto. Hay mucho más vértigo y mucha menos elaboración ideológica. Toda época es ideológica, desde luego, pero la nuestra ha sustituido buena parte de la reflexión por la imagen, el argumento por la consigna y la complejidad por el impacto visual. De ahí su carácter cada vez más esquemático, confuso y explosivo.

Seamos claros: las izquierdas saben fogonear movilizaciones tanto como las derechas. Pero las izquierdas radicales poseen una destreza histórica para detectar la ira, la cólera y la insatisfacción social, y convertirlas en combustible político. Son hijas de la revolución. Llevan incorporado, en su disco duro, el reflejo de la insurrección, esa pulsión que las empuja a encontrar en las calles una épica que ya no consiguen construir desde las ideas.

La izquierda radical francesa sabe, además, que una nueva derecha, remasterizada y políticamente más eficaz, avanza hacia el poder. Sabe también que el poder actual es claudicante. Francia tiene hoy un presidente que conserva la solemnidad de la investidura, pero cuya autoridad política parece agotarse en el ejercicio formal del cargo. Y comprende que, ante la perspectiva de una derrota histórica, la invocación del fascismo puede convertirse en su último recurso para intentar detener lo que se avecina. Siempre la teoría del enemigo, siempre.

La operación es conocida: cuando las ideas ya no alcanzan, se recurre al miedo. Y cuando el miedo tampoco basta, la calle vuelve a ocupar el centro de la escena.

Por cierto, las movilizaciones contemporáneas no necesariamente requieren sofisticadas organizaciones clandestinas ni complejas estructuras de agitación. Bastan algunos agitadores digitales, una buena dosis de alienación -en el sentido marxista del término-, una sociedad predispuesta al resentimiento y el momento oportuno. Las redes sociales hacen el resto. Operan como un gigantesco flautista de Hamelín: convocan, arrastran, amplifican y conducen, muchas veces sin que quienes siguen su melodía adviertan hacia dónde se dirigen.

Lo que ocurre en París rara vez termina en París.

Francia ha perdido buena parte de su condición de potencia de primer orden. Sin embargo, conserva una influencia singular: sigue siendo uno de los grandes laboratorios políticos, culturales e intelectuales de Europa. Lo que allí sucede se observa, se interpreta y, con frecuencia, se reproduce en otras sociedades. Por eso conviene prestar atención. Lo que hoy vemos en Francia puede anticipar fenómenos que mañana se manifestarán en otras latitudes.

Son las consecuencias de sociedades cada vez menos cohesionadas, atravesadas por una fragmentación persistente y por décadas de fracasos en sus políticas de integración y de respuestas económicas básicas. Francia permitió la consolidación de barrios segregados, de comunidades que, incluso después de varias generaciones, no siempre encontraron una pertenencia efectiva a la nación francesa sino que la identidad de origen es lo que primó. En demasiados casos, el territorio ofreció oportunidades materiales sin conseguir construir una identidad compartida.

Y en esa fractura, por supuesto, el islamismo radical encontró un terreno fértil. Supo explotar el sentimiento de exclusión, instrumentalizar los conflictos de identidad y ofrecer pertenencia allí donde el Estado y la sociedad habían fracasado en construirla. Allí la bandera de Palestina es el santo y seña para la tropa de los hijos de la cólera.

Durante mucho tiempo creí que Francia podía convertirse en el gran ejemplo de integración cultural del planeta. Imaginaba una sociedad capaz de fundir etnias, identidades, tradiciones y orígenes en una síntesis más profunda, incluso, que aquella que el imaginario contemporáneo atribuye a Nueva York como ciudad universal.

Una vez más, me equivoqué.

La integración no se produce por decreto, ni por la simple convivencia territorial, ni mediante la invocación retórica de la diversidad. Una sociedad necesita algo más que individuos compartiendo un espacio geográfico: necesita vínculos, reglas, lealtades y, sobre todo, un sentido reconocible de pertenencia. Cuando esos elementos se debilitan, la diversidad puede dejar de ser una riqueza compartida para convertirse en una suma de comunidades que apenas se toleran. La ley y el orden no bastan, se necesita la asunción de una cultura común.

Daniel Cohn-Bendit fue uno de los rostros del Mayo del 68. Y aquella revuelta quedó asociada a una consigna extraordinaria: "La imaginación al poder".

Difícilmente un publicitario hubiera podido concebir una frase más poderosa. En apenas cuatro palabras condensaba el hastío de una generación frente a las formas protocolares del poder, su rigidez institucional y la distancia casi aristocrática que separaba a los gobernantes de los gobernados.

El poder suele ser incapaz de comprender esa distancia. Solo algunos líderes excepcionales logran advertirla a tiempo y sobrevivir políticamente a sus consecuencias. Se cuentan con los dedos de una mano. La mayoría termina protagonizando una suerte de suicidio público, atrapada en el intento de interpretar a las masas y, simultáneamente, reinterpretarse a sí misma a través de ellas. La historia cuenta con cientos de idiotas políticos en el poder y con pocos, poquísimos talentos que lograron marcar y orientar su tiempo.

Pero estos tiempos no tienen un Cohn-Bendit (que tampoco era Lassie). No tienen una consigna equivalente a "La imaginación al poder". No tienen siquiera una promesa intelectualmente articulada de transformación. Son tiempos puramente reactivos.

Tienen rostros encapuchados, las banderas palestinas convertidas en símbolos de identificación política, sectores de la inmigración atravesados por el temor al presente y al futuro, y una evidente insuficiencia de proyectos de integración social. Tienen frustración, desarraigo y desesperación. Y tienen, también, actores políticos dispuestos a transformar ese malestar en una maquinaria de confrontación. El cóctel está servido y la combustión puede tener resultados inesperados. Nunca buenos.

No se trata de negar la existencia de causas legítimas detrás de la protesta. Se trata de reconocer que la desesperación social puede convertirse en materia prima de operaciones políticas cuyo objetivo ya no es resolver los conflictos, sino administrarlos, amplificarlos y obtener réditos de su persistencia. Allí está el nudo gordiano.

Hay una diferencia enorme entre representar el descontento y explotarlo. Entre conducir una protesta y convertir el caos en una estrategia. Y esa diferencia es, precisamente, la que hoy debería preocuparnos.

Porque seamos francos: en política, el caos no perjudica a todos por igual. Algunos pierden con la inestabilidad. Otros encuentran en ella una oportunidad inmoral pero apetitosa.

Quienes aspiran a beneficiarse políticamente de estos episodios deberían ser los primeros interesados en despejar cualquier sospecha de instrumentalización de la violencia. Y quienes pretenden presentarse como intérpretes exclusivos de la indignación popular deberían explicar si su proyecto consiste en reconstruir la convivencia o simplemente en administrar sus ruinas.

El Mayo del 68, con todos sus excesos, pretendía llevar la imaginación al poder.

El riesgo de este nuevo tiempo es exactamente el inverso: que el caos termine siendo la única imaginación que le queda a la política.

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